Podría decirse que desde la aparición de los cinceles u otras herramientas prehistóricas, el hombre se aplicó pigmentos sobre su cuerpo por diversos motivos: afirmar su identidad, la pertenencia a su grupo, situarse con relación a su ambiente, prepararse para alguna ceremonia, por simple gusto, etc. Sin embargo, con el pasar de las generaciones esta práctica ha sufrido espléndidas evoluciones al punto que hoy las creaciones son capaces de engañar al ojo más observador. A continuación veamos algunos ejemplos de ello.
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