Aunque es uno de los términos más difundidos en psicología popular, el llamado síndrome de Estocolmo nunca fue aceptado como un diagnóstico válido en los manuales clínicos, y expertos internacionales lo consideran hoy un concepto construido y culturalmente influido más que una entidad médica.
El término surgió en agosto de 1973, cuando un asalto a un banco en Estocolmo, Suecia, terminó con cuatro rehenes que aparentemente mostraron simpatía hacia sus captores. El psiquiatra que participó en la negociación lo acuñó para describir ese comportamiento, pero décadas después muchos expertos señalan que no hay base científica para llamarlo un “síndrome” y que lo ocurrido responde mejor a mecanismos de defensa psicológica en situaciones de extremo peligro.
El peso cultural del machismo en la difusión del mito
La investigación reciente sostiene que la popularización del término estuvo mediada por estereotipos de género y lecturas culturalizadas de la conducta de las víctimas, especialmente cuando se aplicó a mujeres. Algunas académicas han señalado que las declaraciones de las rehenes en Estocolmo fueron interpretadas “en una dimensión muy sexualizada” por las autoridades y los medios, reforzando la idea de que habían desarrollado “amor” por sus captores en lugar de actuar por instinto de supervivencia.
Además, voces críticas advierten que la idea de un síndrome no sólo distrajo de la falta de protección estatal y policial durante el asalto, sino que también normaliza estereotipos que históricamente patologizan la respuesta de las mujeres bajo coerción, encajando con patrones de pensamiento machistas que atribuyen responsabilidad emocional a la víctima en lugar de centrarse en la violencia ejercida.
Por estas razones, profesionales de la salud mental ahora favorecen términos más precisos como “vínculo traumático” o “control coercitivo”, que describen la manera en que personas bajo amenaza desarrollan estrategias de afrontamiento sin sugerir una atracción emocional real hacia su agresor. Este enfoque permite analizar estos fenómenos con mayor rigor clínico y sin perpetuar interpretaciones culturalmente sesgadas.


