La organización criminal Los Pulpos tendría sus orígenes en una pandilla que comenzó a operar entre 1996 y 1997 en sectores como El Porvenir, La Esperanza y Florencia de Mora, en Trujillo. Según explicó el historiador Jorge Nureña, sus primeras actividades estuvieron relacionadas con el cobro de cupos a unidades de transporte. A comienzos de los años 2000, la agrupación evolucionó hacia una banda dedicada al robo de vehículos y posteriormente encontró en el cobro por “protección” una actividad mucho más rentable.
Uno de los principales puntos de quiebre se produjo el 27 de febrero de 2005, cuando ocho personas fueron asesinadas en La Esperanza, hecho que conmocionó a Trujillo y al norte del país. De acuerdo con Nureña, desde entonces Los Pulpos fueron imponiendo su poder y comenzaron a disputarle al Estado el control de la seguridad. El crecimiento económico de La Libertad, impulsado por actividades como la industria del calzado, la agroindustria y la minería, habría generado nuevos espacios para la extorsión, mientras la organización ofrecía protección a los mismos comerciantes y empresarios a quienes previamente había generado inseguridad.
El especialista también señaló que la criminalidad se fortaleció mediante la corrupción y el uso de estructuras criminales desde los penales. Según su investigación, el penal El Milagro habría terminado funcionando como un centro de operaciones desde donde se coordinaban delitos y se expandían modalidades de extorsión hacia otras regiones. A ello se sumó, desde 2018, 2019 y 2020, la incorporación de secuestros como una nueva modalidad delictiva. Nureña sostuvo que, aunque hubo participación de extranjeros, Los Pulpos continúan siendo principalmente una organización de origen peruano.
UN FENÓMENO QUE SE REPLICA
Actualmente, la extorsión se habría extendido a distintos niveles y sectores económicos, desde pequeños negocios hasta empresas de agroindustria y actividades vinculadas a la minería ilegal. Nureña advirtió además sobre el presunto lavado de dinero en negocios como discotecas y otros establecimientos, así como la posible infiltración de recursos ilegales en campañas políticas y obras públicas. Para enfrentar este fenómeno, consideró fundamental seguir la ruta del dinero y fortalecer las acciones coordinadas entre las autoridades, pues la criminalidad en el norte dejó de ser un problema aislado para convertirse en un fenómeno que también se replica en ciudades como Chiclayo, Piura, Tumbes, Chimbote y Lima.


